»El hijo»

 Catalina Bonilla

Por Catalina Bonilla. Ingeniera Comercial UAI, Magister en Innovación y Diseño UAI, dibujante autodidacta y parte del equipo de Valpo Interviene.

La Madre Tierra tenía muchos hijos, de especies muy distintas, pero que convivían en armonía y juntos iban creciendo y evolucionando. Todos, menos uno.

Creía que era hijo único y siempre estaba exigiéndole. No era como sus hermanos, que se adaptaban en silencio a lo que tenían. Él siempre tenía un problema, nunca se sentía cómodo, sino que sentía a sus hermanos como algo ajeno y distinto a él.

En realidad, sentía que estaba atrofiado, ya que su cuerpo no le servía para cumplir todas sus exigencias y vivir a gusto en la Tierra, por eso inventaba todo tipo de herramientas para ayudarse y vivir más cómodo. Con esto, empezó a sentirse superior que sus hermanos, creyendo que con su tecnología era más sabio y despreciándolos por seguir con sus anticuadas vidas. Por eso, empezó a robarles sus derechos y a disponer de ellos y de todo.

Ya no escuchaba a su madre, que a veces le daba advertencias que él no comprendía y le enojaban. Le echaba la culpa por todos los desastres que él mismo causaba. Él pensaba que era más inteligente y que por eso necesitaba más, y entonces exigía.

“Madre, quiero madera para hacerme una casa. Quiero hierro para hacer armas. Quiero comida. Quiero agua…”

Y lo tomaba todo.

Hasta que un día se dio cuenta de que estaba muy enfermo. Ya no tenía la misma fuerza ni energía. Le costaba respirar y si cuerpo le pesaba. Ya no comía lo que su mamá le daba antes, sino que inventaba sus propios alimentos, según él mejores y más sabrosos.

Miró alrededor y vio todo el verde convertido en gris; se asustó, pues ya no tenía recursos para producir todo lo que necesitaba.

“Mamaaaaa” Gritó, con todas sus fuerzas, sin obtener respuesta.

“¡Mamá!¡Mamá!¡Mamá!¡Quiero más!¡Ahora!”

Continuó gritando, hasta que se cansó y pudo escuchar una débil voz que susurraba desde la última vertiente con agua limpia. Fue entonces cuando comprendió que su madre estaba en su lecho de muerte.

“Y mis hermanos, ¿Dónde están?”

Con la mirada de su madre pudo notar que él los había matado.

Por primera vez comprendió su egoísmo y los efectos que había causado en sus seres queridos. Sus ojos se llenaron de lágrimas y su corazón se encogió.

“Mamá, yo…”

Las palabras dejaron de salir y se atoraron en sus labios cuando vio que la luz de los ojos de su madre se apagaba lentamente, y con ellos su último destello de amor.

Fue entonces cuando notó lo solo que se encontraba en ese mundo gris que había creado.

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